La tregua - Mario Benedetti
Jueves, 20 de Diciembre del 2007, por Arkaninger Feizas
Hoy he terminado de leer uno de los mejores libros que he tenido en mis manos en mucho tiempo, La tregua, de Mario Benedetti.
Como soy una persona medianamente inteligente, no creo en el destino, pero fueron las casualidades las que me llevaron a este libro, que empiezan en Sevilla en abril y terminan en Zaragoza en diciembre. Allí, dando un paseo desde el hostal donde me alojé hasta la plaza del Pilar estaba la iglesia de San Pablo, y resulta que estaban organizando un rastrillo benéfico en el claustro; obviamente, el rastrillo me la sudaba muchísimo, pero era una oportunidad de ver el claustro, ya que la iglesia estaba cerrada. Por casualidad me paré delante de un libro en el que lo primero que vi fue la palabra Benedetti, recordé una cita en la fachada de Casas Viejas, y me compré el libro sin mirar el título.
Después descubrí que es el libro que lanzó a la fama internacional a Benedetti, y no me extraña. La obra nos relata un trozo de la vida de un hombre cualquiera en el Uruguay de finales de los 50, un hombre viudo con tres hijos mayores que recibe a varios empleados a su cargo en un momento concreto, entre los que se encuentra una mujer joven (de la edad de su hija), que le proporciona una tregua en su vida gris, monótoma y sin sentido.
Esa tregua que da nombre al libro, y que queda en boca del propio protagonista en las últimas páginas, convierte un diario cualquiera en una de las mejores novelas que he leido nunca, no me importa repetirme. Trata una relación amorosa de forma tan natural, que yo al menos no califico este libro de género “romántico”. Lo defino como… algo así como “natural”. Muestra la vida de una forma realmente natural, sin artificios de ningún tipo. Ese es Benedetti. No idealiza el amor, para parecer más dulce y ganarse al público romántico, ni lo crucifica, para parecer más rebelde y ganarse a los pesimistas. Simplemente presenta una historia real, que le puede pasar a tu vecino dentro de quince años en Valladolid, pero que le pasó a Martín Santomé entre 1958 y 1959 en Montevideo.