Posts de Septiembre del 2007

Inmadurez televisiva

Sábado, 29 de Septiembre del 2007, por Arkaninger Feizas

A mi edad, y me parto el culo con el anuncio de Twix… con el tío de “chocolateeeee” más que nada.


Bicheando por YouTube para poner el video aquí, de paso me he encontrado con que un colgao cogió un día una cámara y se sintió protagonista del anuncio. Brutal el susto del tío del parquímetro… aunque no a todo el mundo le hace la misma gracia…

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La subasta del bocadillo de nocilla que termina comiendo tu scouter

Jueves, 20 de Septiembre del 2007, por Arkaninger Feizas

Hace tiempo que lei en Microsiervos el artículo sobre la subasta del billete de 20 dólares que termina valiendo 500 y me pareció tan interesante, que decidí llevarla a cabo en cuanto pude para comprobarla por mí mismo.

Las reglas de la subasta, tal como podemos leer en el artículo de Microsiervos, son:

  1. Se subasta un billete de 20 dólares. La puja más alta se queda el billete.
  2. Hay una regla de silencio: los jugadores no pueden negociar.
  3. El dinero es real: si ganas, pagas lo que hayas pujado y te llevas el billete de 20 dólares.
  4. No se puede pujar dos veces seguidas.
  5. La mayor puja se lleva el billete de 20, independientemente de lo alto o bajo que haya pujado.
  6. La segunda mejor puja tiene que darle el importe de su puja perdedora a la «banca».

Este verano tuve la oportunidad en el campamento de ponerla en práctica con los lobatillos del Habitat 299 aunque obviamente cambió el objeto de subasta, y en vez de jugarnos dinero, se subastaron dos sabrosísimos bocadillos extra de nocilla para la merienda, y los chavales en vez de apostar dinero, apostaban trozos del bocadillo que les tocaba.

También cambiamos una regla, y es que no solo la segunda mejor puja tenía que pagar, sino todos. Si hacías una puja, pagabas. Y la locura fue máxima. Dentro de un grupo de doce niños de entre ocho y once años, solamente dos (niñas) fueron capaces de mantenerse al margen, y para mí desde luego fueron las más inteligentes. Los niños se peleaban por conseguir aunque solo fuese un bocado más (y os aseguro que allí no se pasaba hambre, pero estos niños están locos por la nocilla), y ni se daban cuenta de que estaban perdiendo cada vez más del que les tocaba.

Me quedó claro que la avaricia del ser humano es algo innato. Como digo, yo estaba con los lobatos (ocho a once años), pero si se llega a hacer el experimento con los castores (seis a ocho años) estoy seguro de que hubiese sido mucho más caótico. Lo único que cambia con la edad es qué ansiamos, pero no cuánto queremos. Todo, y dos más de cada.

Lo que espero que aprendiesen los chavales es que nadie da duros a cuatro pesetas. Lo que aprendí yo es que como la generación que viene, o como mucho la otra, no cambie sus valores (acumular, acumular, acumular; tener más que el vecino; y mejor; y antes), después va a ser demasiado tarde.

Los recursos se agotan y lo único que nos preocupa es almacenarlos en un baúl debajo de la cama.

Quizá esté siendo demasiado extremista (no lo creo), pero este es un asunto en el que el extremismo siempre es escaso.

PD: al final todos comieron su bocadillo (no les íbamos a dejar sin merendar… nos hubiesen merendado a nosotros los padres…), pero cuando aún no sabían que se los íbamos a dejar, una de las niñas que no apostó incluso le ofreció parte de su bocadillo a una de las que lo había perdido entero. Otra lección más ante la que el quitarse el sombrero.

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Tradición del Cristo de las Mieles

Martes, 11 de Septiembre del 2007, por Arkaninger Feizas

Esta es la segunda leyenda (aunque más bien esto es una historia real) que escribo en el blog sobre mi ciudad. Viendo que la anterior, la de la bella Susona, generó bastante curiosidad, ya que mucha gente cliqueó los enlaces a los que se hacía referencia, he decidido publicar esta otra, que habla de muchos lugares de Sevilla, situándolos en Google Maps y enlazando a varias fotos para que cualquier curioso que no conozca la ciudad los pueda localizar sin problemas cuando se acerque por aquí, o localizar los enclaves desde su propia casa.

Tradición del Cristo de las Mieles (y vida de Antonio Susillo):

Aunque todos los sevillanos han visitado alguna vez el cementerio de San Fernando, muy pocos sabrán que el grandioso Cristo Crucificado, en bronce, que preside la glorieta principal del cementerio, se llama con el bonito nombre de Cristo de las Mieles.

En el año 1857 había nacido en la casa número 55 de la Alameda de Hércules, entre las calles Relator y Peral, el escultor Antonio Susillo. Hijo de un vendedor de aceitunas aliñadas del mercado de la Feria, Susillo no tenía por parte familiar la más mínima motivación para dedicarse a las Bellas Artes. Por el contrario, su padre quería inclinarle por el negocio mercantil. Pero Antonio Susillo era espontáneo y originalmente artista, y así empezó a dibujar sin que nadie le enseñase, y a modelar con barro cogido del suelo de la Alameda en la puerta de su casa pequeñas figuritas de imágenes religiosas. Cierto día, cuando apenas contaba siete años, acertó a pasar por aquel lugar la infanta-duquesa de Montpensier, quien, sorprendida de ver a un niño tan pequeño modelar aquellas figuritas tan bellas, lo tomó bajo su protección y le costeó los primeros estudios. No había de defraudar esa protección Antonio Susillo, pues desde poco después, en plena adolescencia, empieza a conseguir premios por sus obras.

Antonio Susillo viaja por Europa, perfecciona su arte contemplando las esculturas de los grandes maestros italianos del Renacimiento y del Barroco, pero no es solamente un viajero aprendiendo, sino a la vez, y con poco más de veinte años, ya es un maestro sembrando estatuas en Europa, entre ellas el retrato del zar Nicolás II, encargo que presenta la sorprendente historia de que el zar de todas las Rusias envió a Sevilla a buscar a Susillo a su gran chambelán el príncipe Romualdo Giedroiky, y no existiendo en Rusia un taller de fundición de bronce de la calidad deseada por Susillo, se alquiló para él un taller de este tipo de fundición en París. Era a sus 25 años.

A los 28 años de edad, Antonio Susillo recibe del Ayuntamiento de Sevilla el honrosísimo encargo de crear el monumento a Daoiz, el héroe de la Guerra de la Independencia, obra monumental que Susillo realiza en muy pocas semanas, y que es emplazado en el centro de la hermosa plaza de la Gavidia. Ya antes había hecho el monumento a Velázquez, erigido en la plaza del Duque.

Dos años después, el Gobierno le otorga la Encomienda de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, y ¡a los 30 años de edad! es nombrado académico numerario de la de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Otro monumentos sevillanos hechos por Antonio Susillo son toda la serie de estatuas que coronan la balaustrada del palacio de San Telmo. Por esta obra cobró Antonio Susillo la entonces altísima cifra de 2.500 pesetas por cada una de las doce estatuas, o sea, 30.000 pesetas en total, lo que representaba un capital. Las doce estatuas son representación de los personajes siguientes (de izquierda a derecha): Bartolomé de las Casas, Afán de Rivera, Murillo, Arias Montano, Daoiz, Fernando de Herrera, Ortiz de Zúñiga, Lope de Rueda, Miguel Mañara, Velázquez, Ponce de León y Martínez Montañés. Otra bellísima obra hecha por Susillo en esta época es la estatua de Miguel Mañara que hay emplazada en el jardín de la calle Temprado, frente a la puerta del Hospital de la Caridad.

Y finalmente, la grandiosa obra, la definitiva, el Cristo Crucificado para la glorieta central del cementerio. Susillo, que se había casado en segundas nupcias con una mujer que no le amaba como le había amado su primera esposa, sino que buscaba en él la posición brillante, social y económica, era infinitamente desgraciado. Su mujer le estimaba nada más que como a una máquina de producir dinero, pero en cambio despreciaba su arte. Su discípulo Castillo Lastrucci contaba que cierto día en que Susillo trabajaba en una gran estatua, le llamaron inesperadamente y hubo de pasar del taller o estudio a las habitaciones de la casa. Al verle entrar salpicado de yeso y de barro, materiales con los que modelaba, su mujer le increpó furiosa: “Bah, yo creí que me había casado con un artista, y resulta que me he casado con un albañil”.

Cristo de las Mieles

Progresaba Antonio Susillo en la realización del Cristo Crucificado y cada día se le veía más triste y entregado a fúnebres presentimientos. Por fin pudo entregarlo terminado al Ayuntamiento, y precisamente en esos días estalló su tragedia conyugal. Su mujer no se amoldaba a las ganancias, aunque fueran bastante elevadas, sino que en vez de querer mantener el rango decoroso de la casa de un artista, quería ella mantener el tren de la vida de los opulentos aristócratas o acaudalados comerciantes que eran los clientes de las estatuas de su marido. Naturalmente, por mucho dinero que él ganase, nunca podría rivalizar con los infantes-duques de Montpensier, dueños del palacio de San Telmo, ni con los duques de Alba, ni con la reina destronada Isabel II, que pasaba sus temporadas en Sevilla. Los gastos excesivos de la mujer de Susillo habían llevado la economía familiar a la bancarrota, y atosigado por los reproches de su mujer, que le decía: “eres un cretino que no gana dinero suficiente para vivir”, cierto día, en un arrebato de furia, decidió quitarse la vida.

A tal efecto, y vestido tal como se encontraba en el estudio-taller abandonó su casa y se dirigió a la Barqueta para ponerse delante del tren. Sin embargo, una vez que hubo llegado al lugar, sentado sobre una vía, esperando el paso de un tren, le asaltó una penosísima idea: el cadáver de un suicida atropellado por el tren, resulta horrorosamente destrozado. Y su espíritu de artista se rebeló. Susillo, que había labrado con sus manos estatuas de bellísima factura, en la que el cuerpo humano adquiere su plenitud de vigor y de estética pujanza, ¿iba a legar a la posteridad la triste imagen de su cuerpo despedazado y destripado?

Se revolvió contra esa posibilidad y abandonó precipitadamente la Barqueta, regresando a su casa. Allí tenía una pistola que le había servido como acompañante a sus viajes a París y a Roma, donde vivió intensamente la bohemia dorada de los jóvenes artistas. Casi no se acordaba de que aún la tenía al cabo de diez años.

Sacó la pistola de su estuche, la metió en el bolsillo del blusón de trabajo, y regresó a la zona ferroviaria tomando desde la Barqueta el camino de San Jerónimo, siguiendo las vías. Y al llegar a la altura del Departamento Anatómico del Hospital, se sentó sobre un montón de travesías de madera que había junto a la vía, y metiéndose el cañón de la pistola debajo de la barba, disparó el tiro que le causó la muerte.

Cuando encontraron al poco rato el cadáver nadie sabía de quién se trataba. ¿Quién podía imaginar que el más ilustre escultor de España, una gloria más aún que nacional, europea, iba a morir oscuramente en el borde de la vía, en la tremenda soledad del campo? En el periódico de la mañana siguiente decía la noticia en una columna de gacetillas de sucesos: “Hallazgo de un cadáver. Junto a las vías del tren, en el ramal de la Barqueta a San Jerónimo, apareció ayer tarde el cadáver de un hombre decentemente vestido. Fue trasladado al depósito judicial, donde aún no ha sido identificado.”

A la mañana siguiente estalló el asombro y la consternación en Sevilla al descubrirse que el suicida del día anterior era nada menos que Antonio Susillo. Como se había muerto por su mano, hubo ciertas dificultades en que la Iglesia concediera el permiso para enterrarle en tierra sagrada, y estuvo a punto de ser sepultado en el “cementerio civil”, pero las gestiones de la Real Academia y las lágrimas de la infanta Doña María Luisa, consiguieron que el arzobispo cediera y admitiese como válida la suposición de que Susillo se había dado muerte en un arrebato de locura, no siendo por tanto responsable moral de su suicidio.

Faltaba determinar en qué lugar se le enterraría, pero el fervor popular exigió, impuso, y logró, que en vez de enterrarle en un panteón oi en una sepultura como a todos los sevillanos, se le enterrara a él solo, en el centro de la rotonda, al pie del Cristo Crucificado que él mismo había labrado con sus manos. Y así, apresuradamente, se hizo un sepulcro al pie del Crucificado y allí se depositó el féretro con los restos de Antonio Susillo, bajo las rocas del Gólgota que sostienen la cruz.

Cristo de las Mieles

Pasaron algunos días, cuando el público que acudía a visitar en el cementerio la tumba del artista, observó que de la boca del Cristo Crucificado, salía un arroyo de miel que le chorreaba por los labios y la barba y le descendía por el cuello hasta el pecho. No era ningún milagro, sino algo muy sencillo y natural: un enjambre de abejas había hecho su panal dentro de la boca del Cristo, y la miel chorreaba desde el panal por la imagen. Pero si el suceso era explicable y natural, no por ello dejaba de parecer milagroso o maravilloso, el que habiendo tantos lugares en el cementerio de San Fernando, entre cientos de árboles, miles de rosales, decenas de capillas y panteones, las abejas hubieran elegido precisamente la boca del Cristo para hacer su panal, y precisamente a los pocos días de enterrarse allí Antonio Susillo.

Y como el pueblo siempre desea perpetuar los prodigios y maravillas, los sevillanos dieron en llamar al Cristo del cementerio con el nombre de Cristo de las Mieles, con el que todavía hoy le designamos.

Cabe destacar, aunque no se mencione en el libro, que la calle que parte justo desde donde está la casa donde nació el artista hacia la calle Feria y más allá, se llama Calle Antonio Susillo.

Próximamente, una tercera leyenda que irá dedicada al gran Capi, que explica por qué la calle Sierpes de Sevilla, quizá la más ilustre, se llama así.

Extraído del libro Tradiciones y leyendas sevillanas, de José María de Mena.

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Trabajando al Sol

Lunes, 10 de Septiembre del 2007, por Arkaninger Feizas

Hasta ‘onde estoy enterado
no es con declaraciones
ni con oficios ni firmas
como nacen los frijoles.

A los que nos oponemos
a que nos sigan robando,
el gobierno y los caciques
de plano nos ‘tan matando.

Ay, mano.. y de repente
la represión nos derriba,
la dignidad nos levanta.

Y resurgirá el grito
que derrotó a los patrones:
¡Viva Emiliano Zapata!
¡Y viva Villa, CABRONES!!

Extracto de la preciosa Carta a mi general Emiliano Zapata, de Enrique Cisneros, incluído en la canción Trabajando al Sol, de Skaparapid.

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Primerísimas impresiones de un andaluz en Barcelona

Lunes, 3 de Septiembre del 2007, por Arkaninger Feizas

Sólo llevo aquí unos días, de hecho sólo he bajado a Barcelona dos días, pero ya he podido comprobar algunas cosas, algunas son sabiduría popular, pero otras no se conocen tanto…

Esto simplemente son las primerísimas impresiones de una andaluz en Barcelona.

  • Barcelona es cara. En casi todos los aspectos. Un menú en la cafetería de la universidad (la UB) vale 6 euros. En Sevilla, 3.50. Y aquí no ponen más comida.
  • Hace bastante calor. Incluso cuando no hace demasiado, su cercanía al mar hace que lo sientas más. Supongo que con el frío pasará lo mismo. Es lo que tiene la humedad. Bienvenidos al maravilloso mundo del clima mediterráneo.
  • No es fácil colarse en el metro, aunque habrá que seguir estudiándolo. Esperemos que esto cambie.
  • No hay tanto problema con el idioma como los anti-catalanistas intentan hacer creer. Por lo general, si te hablan en catalán y tú contestas en castellano, o simplemente les dices que no entiendes / hablas catalán, te hablan en castellano.
  • En la UPC no sobran las mujeres. Y menos las Erasmus. Lo que parece es que algunas sobraban en sus países de origen y las han mandado para acá. Cabrones.
  • Es preferible que diecisiete chinos te pellizquen los pezones con tenazas ardiendo, que un atasco en la Ronda de Dalt de Barcelona a las 8.30 de la mañana. Hoy he entendido (y compadecido) a los que viven en el Aljarafe y trabajan en Sevilla.

Más adelante, más impresiones.

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